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DE TIEMPOS PASADOS

Romance En Piedra

A Carmen de Olmedo

Por una nostalgia asido

el espíritu me pesa

y siento que lo atenaza

una profunda tristeza.

Añoranzas de los días

junto a la rubia doncella

(la que me endulzaba el alma,

aunque ella no lo supiera;

la que me acercaba al cielo

sin despegar de la tierra);

dolor de vivir soñando

las locuras sin respuestas;

dolor de morir viviendo

en la angustia de una espera.

 

 Por una nostalgia asido

el espíritu me pesa

y, arrastrando lentamente

la soledad y la pena,

penetro en la paz callada

de los romances en piedra.

Sumergido en su silencio

deambulo por las callejas:

Hay barruntos de otros siglos,

eternidades en piedra;

hay desafíos al tiempo

desde las torres más viejas;

por las paredes umbrías

vive trepando la yedra,

contrapunto de esmeralda

con las erguidas palmeras…

Y al sol en su adiós despide

la Torre de la Cigüeñas.

 

He traspasado el portón

de una centenaria iglesia:

Ojivas que unen sus dedos

en oraciones de piedra.

Ante la imagen de un Cristo

la llama de un cirio tiembla.

Un rayo de luz antigua

por un ventanal contempla

a una anciana que susurra

el ritual de su ofrenda.

Se escucha hablar al silencio,

que sabe a Biblia y leyendas…

Y, sobre el coro, dormido

el órgano viejo sueña.

 

Cuando salgo, ya de noche,

ha quedado mi tristeza

en el humo de los cirios,

que se consumen, de cera.

La vieja ciudad, dormida

bajo sábanas de  estrellas.

Un beso blanco la luna

pone en cada callejuela.

Velando con ella el sueño,

la Torre de las Cigüeñas…

Y yo con el alma libre

puedo volar hasta ella.

 Cáceres, julio 1972

Cáceres-Torre de Sande

CARTA A LOS INSATISFECHOS

Es verdad: El mundo os resulta demasiado estrecho, sin horizontes extensos para vuestra amplia visión del ser. Lleváis dentro una inteligencia privilegiada, que os hace ver las cosas de otra forma, que os hace ir más allá de la ciencia y la filosofía. Vuestra verdad es otra muy distinta  a la que la masa aborregada y burguesa está habituada a considerar como verdad. Vuestro corazón siente y palpita con otro ritmo y velocidad. Sentís en la sangre el impulso hacia una aventura imposible para los otros, pero posible para vosotros, que está luchando dentro de vuestras venas, hirviente, a punto de estallar: encontrar de nuevo el Santo Grial. ¡Pues id a buscarlo!

Os dirán que estáis locos, que deliráis… ¡Bendita locura y bendito delirio el vuestro! Ir a buscar el Grial, la única aventura capaz de saciar vuestra insatisfacción, esa insatisfacción que os invade de ansiedad, que os hace dar gritos en la noche, que os hace  otras veces huir de vosotros mismos y correr tras embriagueces inútiles para acallar esa voz interior que grita día tras día en vuestro pecho:  “¡Más allá, más arriba!”

Solo la aventura de ir tras el Grial colmará vuestros deseos no logrados. Dejad, pues, de huir de vosotros mismos y echaos a andar. ¿Que dónde está el Grial –me diréis-; dónde el cáliz santo de la eterna embriaguez? No lo sé –os respondo-; en esto está la aventura, en buscarlo sin saber dónde está ni qué camino seguir para hallarlo. Porque la satisfacción de vuestros deseos, la liberación de vuestra angustia no está en el hallazgo, está en la búsqueda. Caminar, aventurarse, seguir una ruta sin rumbo, buscar… Ahí, ahí  está el gozo y el placer; marchar sin importar para nada la meta.

Porque el Grial, a decir verdad, no está en ninguna parte, no existe. El Grial está en vuestro caminar sin llegar, en hacer un camino sin fin de vuestra vida: eso es el Grial. Id, pues, tras él sabiendo que no lo encontraréis nunca en la vida; id tras la quimera haciendo felicidad de vuestro andar sin destino. Vuestro lema será: “¿A dónde vamos? A ninguna parte. ¿Para qué vamos? Para ir sin más.”

Estar siendo sin llegar a ser: esta es vuestra –y nuestra- verdad terrena. ¡Que Dios os ayude a caminar tras el Grial imaginario de los deseos por cumplir y os conceda la gracia de no encontrarlo nunca! Para que vuestro caminar no se acabe, para que siempre estéis insatisfechos, para vivir eternamente en el gozo de ir tras nuevas ilusiones y fantasías. Y es que el placer se termina cuando se llega a la meta, como el placer de beber el agua fresca del manantial se acaba una vez saciada la sed. ¡Que no se colme nunca vuestra sed, para que podáis sentir eternamente la ilusión de encontrar el manantial! ¡Que no encontréis nunca el Grial, para que podáis sentir eternamente la ilusión de la búsqueda y el gozo del hallazgo!

 

CARTA A LOS ARTISTAS

Siempre he pensado que vuestro arte es algo incompleto e inacabado. Podréis hablarme de obras consumadas, pero siempre dentro de la misma escuela, corriente, estilo… Incluso en este caso tenéis que rendiros, a la hora de compararlas entre sí, ante la evidencia de la disparidad de caminos que sigue cada una de ellas. Es decir, no encontraréis una fórmula que os diga qué escuela o estilo es el mejor y, dentro de ellos, qué producción es la que supera a las demás.

Y es que el problema estético está aún sin resolver. A lo largo de la historia de la filosofía encontraréis muy diversas soluciones al problema: Platón rechaza de plano todo arte que se inspire en la Naturaleza, sin realidad alguna para él, pues lo considera una sombra, una proyección de la auténtica realidad solo existente en el “hiperuranio”. Aristóteles, por el contrario, ve en el arte una imitación a la Naturaleza, no solo en cuanto que la reproduce, sino también en cuanto que imita el proceso que aquella sigue para realizar sus obras. Vico lo juzga manifestación de una actividad espiritual y por lo tanto de una edad humana. Croece, su seguidor, lo estima como intuición lírica. Schelling y Hegel ven en el artista y su obra un instrumento y manifestación del Absoluto. Schopenhauer habla de “contemplación desinteresada” y Kant, de “juicio reflexionante”. Gentile opone religión y arte: la primera es el “momento objetivo del espíritu” y la segunda, el “momento subjetivo”. Ruiz de Santayana encuentra en el arte la evasión del escepticismo y el mejor medio de  lograr la felicidad. Y con todos ellos otros y otros, que opinan con las más diversas teorías sobre el tema de la estética. Os dejo a vuestra elección tomar partido por unos o por otros o por varios a la vez. Al final de estas líneas veréis cómo el arte no pasa de ser algo subjetivo y por ende cualquier teoría estética es válida y, como dijo Protágoras, “el hombre es la medida de todas las cosas”.

Sin embargo hay algo en lo que todas las teorías coinciden: el arte tiene como fin la expresión de la belleza de cualquier índole que esta sea. Ahora bien esa belleza podéis imitarla o producirla, pero nunca crearla. Cuando concebís vuestras obras y les dais forma lo hacéis sobre algo que preexiste o fuera o dentro de vuestra mente, pero que al fin y al cabo es una realidad existente. Por el contrario la creación en sentido estricto no admite nada preexistente. Vuestras obras de arte son engendradas a partir de la información que os proporcionan  las sensaciones, ideas, sentimientos, vivencias, etc., para dar como resultado una unidad de belleza expresa. En cambio, lo creado no procede de nada; crear es hacer que lo que no-es pase a ser, que la nihilidad se convierta en esencialidad. Solo en sentido relativo o por analogía podéis hablar de “creación artística”.

Las fuentes de la belleza, como podríamos denominar a ese material preexistente con el que elaboráis vuestras producciones, surge de dos realidades: una realidad externa que gira en torno a vuestro “yo” (experiencias, vivencias externas) y otra interna dentro del “yo” (experiencias, vivencias internas), estas últimas tanto en el estrato consciente como en el inconsciente. De lo que se deduce que no hay arte que no sea realista. Podréis distinguir entre arte objetivo y arte subjetivo, pero tan real es el uno como el otro, pues ambos emanan de una realidad, aunque sea diferente. Todo ello justifica el llamado arte abstracto como manifestación de una realidad interna que vive y palpita en lo más íntimo del ser y necesitáis expresarla del modo que sea, porque la sentís bella, con un lenguaje que no tiene signos en la realidad exterior, que es intraducible. Pero  vosotros encontráis idiomas nuevos, para que tales vivencias o experiencias internas no se queden en meras concepciones estéticas.

Se presentan ahora dos cuestiones: ¿Tienen los artistas un concepto universal, objetivo y cierto de la belleza? ¿Poseen los medios de plasmarla?

Respondiendo a la primera cuestión cabe responder: ni los artistas ni nadie tiene una idea universal, objetiva y cierta de la belleza, pues, si bien se puede definir universalmente lo bello sensible con razones más o menos aceptables, no ocurre igual con lo bello dimanante y fluyente de las realidades internas, que son específicas y concretas en cada individuo y, por consiguiente, subjetivas, aunque existe la posibilidad de coincidencias entre sujetos. Por eso el dicho “sobre gustos no hay nada escrito”. De todo lo cual nace en el artista una continua búsqueda de la belleza ideal, universal, verdadera, provocando una insatisfacción, una inquietud y un afán de superación constante. Podrá así el artista encontrar un concepto, que le supondrá el ideal de la belleza; pero no transcenderá de él mismo y será siempre algo subjetivo  y arbitrario. La belleza auténtica y universal no la hallará nunca; se acercará más o menos a ella, pero nada más. Por otra parte, ¿qué razones o pruebas objetivas aduciría, en el caso de encontrarla, para hacerla pasar como cierta y universal? Y es que la belleza ideal implica un grado de de perfección tal, que el ser humano, contingente y limitado, no puede llegar a concebir.

En cuanto a la segunda cuestión planteada de si los artistas poseen los medios de exteriorizarlas, puedo responder: La belleza universal, ideal y objetiva en cuanto que está por encima del artista, si no la puede alcanzar, menos la podrá expresar. La cuestión queda pues planteada únicamente para la belleza subjetiva, que es de la que podemos hablar. En este sentido, si se trata de expresar lo bello del mundo externo desde el punto de vista propio, surgirá la búsqueda de la forma expresiva, de la cual tampoco podrá encontrar algo perenne, pues lo máximo sería la identificación de la obra con su concepción y entonces no habría arte, porque sería o solo concepción artística o solo manifestación, y en la obra de arte debe haber las dos cosas. El problema se complica cuando las concepciones artísticas se formulan a base de materiales del “yo” consciente o inconsciente, pues en este caso, como ya indiqué anteriormente, el mundo de lo íntimo es intraducible con exactitud; cualquier símbolo es válido y la lógica no tiene sentido, como en el lenguaje de los sueños.

Y llego al final de lo que quería exponer. Yo no saco conclusión alguna. Que cada quién saque la suya.

La barajita (y 3)

“Ya en Israel –prosiguió mi amigo-, la pude ver en distintos lugares, pero nunca me acerqué a ella ni la hablé aun cuando pasara junto a mí. Hacía como si no la conociera… ¿Me habría reconocido ella a mí? Ocasiones tuve para darme a conocer, pero no lo hice.

Lo que sí hice fue informarme sutilmente acerca de ella y supe que era viuda. En una ocasión, viéndola frente a mí durante largo rato, observé sus rasgos: no era la linda muchachita que había llevado siempre en mi memoria; era casi una anciana, aunque conservaba aún los rasgos de su pasada belleza; yo diría que era una burda caricatura de la adolescente que yo había conocido y recordado tantas veces. Entones caí en la cuenta de que yo tampoco era el mismo. Ambos habíamos cruzado la barrera de los sesenta años. Me hubiera gustado haber coincidido en el mismo grupo con ella. Tal vez, antes o después, habríamos podido saludarnos, reconocernos, contarnos nuestras vidas. Pero no fue así”

Tiempo después del viaje mi amigo me contó que volvieron a encontrase en una reunión para recordar y poner en común sus experiencias. Pero él actuó de nuevo como si no la conociera:

“Y ahora me hago estas preguntas –dijo mi amigo-: ¿Por qué nunca fui capaz de saludarla y darme a conocer? ¿Me reconoció ella a mí? Y, si me reconoció, ¿pensó acaso que yo no la recordaba o que era un antipático o un tímido o un estúpido engreído? ¿Cómo habría reaccionado ella si yo me hubiera dado a conocer?”

Después de escuchar a mi amigo le dije:

- Es verdad, en la vida ocurren cosas incomprensibles y en cada persona siempre hay algo que va contra corriente.

Y mi amigo me respondió:

- ¿Y si te digo que he encontrado la famosa barajita en la cajita donde la guardé después de tanto tiempo y tantos traslados?

 

La barajita (2)

Eran las últimas semanas del verano, que en estas tierras son el veranillo de san Miguel, y aún hacía calor. Ella estaba transformada; no era la misma, aunque seguía teniendo la misma belleza, jovialidad y gracia, que tanto le habían cautivado. Pero no era la misma.

Durante las largas vacaciones  se había hecho más mujer. Ya no era aquella adolescente ingenua, candorosa, que había conocido al finalizar el curso. Sin embargo el trato entre ambos continuó siendo amable y se entretenían en amenas conversaciones, en las que mi amigo trataba de descubrir los puntos en común, así como si había algo más entre los dos y ella se daba cuenta de ello o no. Cuando les parecía bien, dejaban la conversación. Ella sacaba de su bolso una baraja pequeñita y se ponían a jugar entre risas y parloteos con más o menos segunda intención.

“Una noche –refiere mi amigo- el día antes de su partida, tumbado en una hamaca, porque no me apetecía la cama, y mientra contemplaba las estrellas a través del amplio ventanal del antiguo piso que habitaba por entonces, tomé una decisión: hablaría con ella, le diría que la amaba, pero que reconocía lo imposible de ese amor, porque no podría amarla más de un día ni más de unas horas ni siquiera una hora; pero al menos quería dejar libres mis sentimientos durante unos instantes, los suficientes para decírselo y para que ella me amara aunque solo fuera en aquellos momentos… Luego, que pasara lo que tuviere que pasar.”

Mi amigo no llegó a hacer nada de lo que había pensado. Ni siquiera buscó la ocasión para hacerlo. Ella se marchó y no la volvió a ver más. Sin embargo, no sabe cómo ni porqué encontró en su cuarto la pequeña baraja con la que habían jugado en los últimos días. La cogió entre las dos manos, la apretó y luego la besó. Durante los primeros meses del curso hizo muchos solitarios con la barajita -pequeño “Catecismo del P. Fournier”- en su habitación del colegio, mientras su fantasía seguía empecinada en recordar lo que él había decidido olvidar. Cuando dejó prematuramente el colegio y retornó a casa de sus padres para seguir otros estudios, por mucho que buscó entre sus cosas la barajita, nunca más la encontró. ¿Se la habría quedado en el colegio? Estaba seguro que no. Recordaba perfectamente haberla guardado en una cajita y metido entre los libros…

***

 “Han pasado casi cincuenta años –rememora mi amigo-. Durante este tiempo recordé alguna que otra vez vagamente estos hechos y oí hablar de ella en ocasiones. Estaba casada, tenía hijos… Pero nunca la vi. Hasta que, por  esas circunstancias que a veces se dan en la vida, oí su nombre y apellidos en la reunión preparatoria de un viaje por Israel y Jordania al que nos habíamos inscrito. Miré hacia donde parecía venir su voz al contestar, pero al estar algo delante de mí  y de espaldas, no pude verla. Cuando me nombraron a mí, ella miró hacia atrás y rápidamente volvió a su postura inicial. Pensé acercarme a  saludarla al terminar la reunión y darme a conocer, pero cuando llegó el momento decidí no hacerlo y pasar como si nunca la hubiera conocido. A esta decisión contribuyó  el hecho de que haríamos el viaje en grupos diferentes, aunque coincidiríamos en algunos momentos puntuales de cada día.”

(Continuará)

La barajita (1)

Todos o casi todos recordamos algún suceso de nuestra adolescencia que, sin ser trascendente ni decisivo, queda grabado en nuestra memoria de tal forma que, al recordarlo al cabo de los años, nos causa una especie de sensación gozosa cargada de nostalgia y de ingenuo sabor. Pero ocurre en ocasiones que estas vivencias reencarnan de forma inesperada y sin sentido aparente. Es lo que le aconteció a un íntimo amigo mío con una chica conocida de ambos y que voy a relatar.

***

Ocurrió hace mucho tiempo. Aún la recuerdo con aquella sonrisa de jovencita estudiante recién estrenada, ojos expresivos, boca ligeramente ancha pero simpática y sonriente, cabello originalmente descuidado, cuello alto, busto terso y proporcionado; cuando andaba lo hacía con particular desenvoltura y una graciosa naturalidad, que la hacía más atractiva.

El caso fue que con el trato, a pesar de que aquello era para mi amigo fruta prohibida -por motivos que no hace falta decir-, se enamoró de ella como lo que era: un jovencito de dieciocho años. Su particular conciencia moral se lo reprochaba, pero los sentimientos son los sentimientos y de ellos nadie se hace responsable, sin embargo provocaban en él una lucha entre el sentirlos y consentirlos.

Pasaron los días y ella se marchó, terminado el curso, a su ciudad. Mi amigo estuvo todo un mes recordándola y soñando escenas imposibles, pues el amor –si cabe llamarlo así- con que él la ansiaba era imposible realizarse por su situación y por otras razones que no vienen al caso.

Aconteció que, aprovechando las vacaciones para pasar unos días en un centro de verano para estudiantes, en el viaje pasó por la ciudad de “su chica” y, en una parada de descanso, sin buscarla,  se encontró con ella en la calle:

“Recuerdo –dice mi amigo- que al saludarla me puse un tanto nervioso y el cigarrillo que llevaba entre los dedos empezó a temblar con ellos… Ella, sin ninguna muestra de azoramiento y sin darse cuenta de lo que ocurría dentro de mí, me saludó con toda naturalidad, sonriente y con cierta expresión de sorpresa en su rostro. Tuvimos una breve conversación. Nos despedimos amigablemente deseándonos lo mejor y cada cual siguió su camino: ella, a la piscina de unos amigos; yo, a esperar el autobús que me llevaría al lugar de mi destino vacacional.”

Estuvo todo el resto de las vacaciones rumiando aquel encuentro, tan imprevisto como deseado y soñado, sin saber qué había dentro de sí. Se preguntaba perplejo si lo que sentía era esperanza, desencanto o qué. Soñaba y despertaba, quería y no quería… Hasta que llegó el día en que pudo verla y tratarla de nuevo.

(Continuará)

PRELUDIO EN CUATRO TIEMPOS

PRIMAVERAL

Un día claro de abril al atardecer lleno de azul, de verde, de rojo, de amarillo. Flores blancas, violetas, gualdas y un poema de carne en vuestro abrazo. Diálogo de silencios y canciones en fuga de golondrinas. A ella se le ha contagiado el arrebol y a ti, el fuego amoroso del sol de primavera. Miráis la llanura y os parece más larga que nunca; miráis las lejanas cumbres cubiertas aún de nieve. Hay un escalofrío gozoso.

Cuando la noche os arropa, vuestros besos se hacen solemnes y misteriosos. Huele a heno mojado y la brisa arrastra monorrimos en negro y oraciones del pinar. El amor se hace salmo y, a lo lejos, se pierde la dulce romanza de una flauta invisible.

Entre sábanas blancas el amor se duerme y sueña auroras rosadas, verdes espigas, promesas nuevas… Y yo también sueño en vosotros

ESTIVAL

Sol, mieses, polvo… Todo es fuego. La llanura es cruel para ti, auque te dé la vida  al ofrecerte el pan. Chicharras en los árboles y zumbar de oídos. El vaho ardiente de la tierra marea con su elevarse inquieto e invisible. Los segadores se inclinan y, como las mieses, adoran a Dios.

El calor te sofoca y tu rostro se ensucia de polvo y sudor. Te cansas, suspiras y… adelante. Piensas: una, dos, tres, cuatro sonrisas blancas y un beso rojo. Hay un nido con pájaros volantones en la encina junto al sendero. Y echas a correr.

¡Corre!… ¡Que te esperan cuatro sonrisas…! ¡Corre!… ¡Que te espera un beso rojo! ¡Corre a llevar tu ofrenda a las sonrisas, a los besos íntimos, a las promesas de fuego a las dulces caricias…!

Esta noche, como las otras, habrá miles de estrellas y un arrullo de sueños y sonrisas dormidas; un beso desnudo y una canción ardiente.

OTOÑAL

- ¿Qué haces –te pregunto- mirando las sierras azules?

Y me miras con ojos de nostalgia y de miedo. Y yo te comprendo: observas las nieves primeras posadas en sus cumbres y mensajeras del cercano invierno; añoras tu vida pasada y temes el frío de la nada.

- No temas –te digo-; no retornarás a la nada; se te hizo para ser siempre; quien te creó lo hizo para que fueras siempre… Vivirás en tus hijos, en tus obras, en tu ser inmortal hecho para sumergirse en la divinidad. Tú has seguido el camino, la ruta que él te señaló. ¿Por qué, pues, te angustias? Anda, vamos a disfrutar juntos el oro de la vida. Porque ahora todo es oro: tú, los árboles, la luz, el riachuelo que salta ahí abajo…

Me sonríes; pones tu mano en  mi hombro y marchamos. A nuestros pies los viejos álamos han tendido alfombras de hojas doradas y ahora trenzan sus ramas para cubrirnos, como a los héroes, con ojivas que apuntan al cielo.

Y los álamos dejan caer más hojas, más hojas, lluvia de oro, como si entendieran.

INVERNAL

Hay un anciano de barba blanca, las piernas arropadas con una manta suave, pensativo, junto al fuego de la chimenea. En sus manos sostiene un manuscrito que acaba de releer. Se ha quitado los lentes y ha puesto su mirada en el vacío. Su respiración lenta y sonora pone contrapuntos al chisporroteo de algunos leños que arden en la chimenea y al gemido del viento. Fuera está nevando intensamente; a la tenue luz que se escapa por la ventana los volubles copos semejan nebulosas que cayeran vertiginosas sobre la tierra. Los cristales  se empañan por dentro y pronto se cubren de una frágil celosía de helados encajes.

- Para ti, posteridad –murmura el anciano haciendo el gesto de entregar el manuscrito a alguien-; para ti dejo estos recuerdos. Es lo que permanecerá de mi propia intimidad, cuando haya traspasado la frontera de lo infinito. Aquí, en estos torpes renglones dejo todo lo que no viajará conmigo al otro lado; en ellos viviré tal vez por siempre en este lado, aunque solo sea entre los trastos viejos de un desván. Entretanto yo soñaré eternamente inundado en la Luz.

Silencio casi sagrado. El abuelo ha entornado los ojos para siempre y su cabeza ha quedado suavemente inclinada sobre su pecho…

Ha cesado el viento y la nieve cae ahora silenciosa, suave; los leños del hogar apenas arden y una sombra de cenizas los va lentamente cubriendo. Yo, invisible, intangible, recojo el manuscrito, que está caído en el suelo, y me lo llevo para que una parte de su alma se quede con nosotros. En mi interior oigo una voz sin palabras, que no comprendo, y me aprisiona un vértigo de eternidad misteriosa.

- ¿Quién podrá enseñarme –me pregunto- el lenguaje de lo infinito?

Y me alejo lleno de morriña, no sé si de vida o de eternidad.

M. García de Araoz

“…Y si es la vida sueño, déjame soñarla inacabable”

(Miguel de Unamuno)

Tomás, el gitano (y 3)

“Pero ya no vienes a la escuela. Andas con los tuyos de feria en feria, de trato en trato, de puente en puente… ¡Si eres todavía casi un churumbel!

“Yo te comprendo: has escogido la libertad dura, pero libertad, de los caminos; sin más sabiduría que la que se aprende en la inmensa universidad de la naturaleza, sin más ley que la que Dios puso en el corazón de los hombres, sin más recursos que los que os salen al camino o lo que estafáis o quizá robáis… ¿por qué no decirlo? ¿Acaso los payos no roban ni estafan ni mienten…? Me atrevería a decirte: Vosotros no robáis; solo cogéis lo que creéis que es vuestro, porque en vuestro mundo -a mí me lo parece- nada es tuyo ni mío; todo es de todos y todos tienen derecho a disponer de los frutos de la tierra. Y nunca os falta de nada. Sois felices y vuestra felicidad os hace cantar a la vida y a la muerte y a Dios. Porque, aunque no vayáis a la iglesia, yo sé que creéis en Dios y que Dios está entre vosotros, entre vuestras tribus, vuestros clanes, vuestras tiendas, vuestras colchonetas, vuestros animales… como llenándolo todo de una religiosidad natural, ancestral.

“Sin embargo, Tomás, yo deseo que vuelvas a la escuela. No comprendo por qué, pero quiero que vengas otra vez con nosotros. Y si fuera necesario… ¡Ay, si algún payo se me viniera quejando de que te había sentado al lado de su hijo…! Pero tú y yo sabemos que no todos en el pueblo son como el chófer del coche de línea…

“Y cuando hubieras aprendido todo lo que los niños deben aprender, te dejaría marchar, libre y sabio, por tus caminos en busca de soles y estrellas y, si pudiera, también yo me iría contigo.”

Se ha hecho casi de noche; solo una tímida claridad, como de relámpago sostenido, se deja ver tras los arribes. Los gitanos en torno al fuego como rojas efigies de piedra, preludian su yantar todo puchero, todo olor picante. El quejido flamenco de Tomás sobresale entre los sonidos de las ranas, los grillos, la vacada, los mochuelos…

“Hay un gitano, gitano…”

 Yo me alejo ensoñando danzas de fuego y arpegios de guitarra embrujada.

Tomás, el gitano (2)

Pasan junto a mí las niñas: La menos pequeña lleva la primavera asomándose en su pecho. Y me “dan la hora”:

- Buenas tardes, maestro…

Tomás anda apaleando a uno de los borricos para llevarlo a los pastos libres.

- ¡Del puente acá noooo…! -había voceado un payo del pueblo- ¡Lo tengo arrendaaaao!

“Sí, Tomás, llévate el burrito a otra parte -le habría dicho yo-; llévatelo a la libertad, que puente abajo está la ley” Y hubiera sentido envidia de su libertad. Pero solo le digo:

- Tomás, vas a matar al burro con tantos palos.

Me miró y me sonrió.

Terminado su trabajo, Tomás, niño con cara de hombre, se acerca corriendo a mí con no sé que jugueteo de ojos y sonrisa entre maliciosa y noble:

- Buenas tardes, maestro…

- Buenas tardes, Tomás.

Le sonrío; pero con esa sonrisa mía, de dentro, la de verdad, muy distinta a esa mueca forzada, como ladrido silencioso, que a veces nos obligan a hacer… Y él se va dando saltos alocados, contento, satisfecho, como el que acaba de hacer algo grande. Le sigo con mi sonrisa y mis ojos clavados en su alegre fuga como si le dijera:

“¿Te acuerdas, Tomás, de cuando andabas a la escuela y venías con nosotros a la misa de los domingos, la misa de los trajes nuevos; de las mozas de colores, arriscadas, pelo lacado, olor a clavel y desacostumbrado andar con zapato alto; de los niños con camisas blancas; de muchas flores y luces y salmos y olor a incienso?

“¿Te acuerdas de cuando, furtivo a las miradas de don…, el viejo maestro, te volvías hacia nosotros en tu banco de delante y, con pose de “emperaor” y blanca sonrisa gitana, rasgando una guitarra invisible, contrapunteabas el sagrado silencio ante la reprimida algazara de tus compañeros, hasta que el severo gesto de don… hacía esconderte, como grillo sorprendido, en el misterio de lo sagrado…? Yo, que no entiendo de otras cosas, comprendía el poema de tu bufonada y daba gracias a Dios, cuando, Círculo Blanco, le adorábamos. ¡Qué otra cosa podías tu ofrecer a Dios, tú, que no sabías apenas rezar, sino los mudos arpegios de tu guitarra invisible y la sincera oración de tu sonrisa blanca!

 (Continuará)

Tomás, el gitano (1)

Estoy sentado en el pretil del pequeño puente, que, dicen, construyeron los romanos y ya solo sirve para que pase el ganado y, de cuando en cuando, como escenario de idilios juveniles, añoranzas soleadas de ancianos o monólogos de solitarios. Abajo la rivera fluye mansa, casi escondida entre nenúfares, juncos, ovas y lamas. Me lleno de atardecer y aroma a menta por el poleo que abunda en sus orillas, de gorjeos de abejarucos y arrullos de tórtolas enamoradas. En la brisa, como prendido en un pentagrama eterno, el monorrimo de azabache de los grillos invisibles. Cerca, en su recogida del prado al monte, la vacada protesta con incesantes mugidos e inquieto cencerreo las voces del boyero, que las conduce a ese boil todo campo, todo cielo estrellado de las noches de mayo.

 

Los veo venir en sus burros por la carretera en una caravana a contraluz sobre el cielo del atardecer. Uno, dos, tres… seis borricos y ocho gitanos: son los “Quilinos”. Soberano en su rucio, el primero de todos, triunfal, silbando no sé que tonadas, Tomás, como un pequeño Josué, abre la marcha; detrás las dos niñas pequeñas, y la otra menos pequeña, y la moza, estilizada y erguida. Tras ellos el padre, largo, hierático, cabeza agachada y enhiesta vara en la mano, andando, da escolta a la madre, que sobre su jumento estrecha entre sus brazos al pequeño churumbel… Y me acuerdo de la “huida a Egipto”… Y de Juan Ramón Jiménez: queriendo alcanzar a la caravana, rezagado, viene trotando el último borrico de la comitiva, suelto, sin carga, como un nuevo Platero.

Llegan junto a la blanca caseta del transformador, vacía, abandonada, toda ella escrita de iniciales, flechas y procacidades. Nunca se llegó a utilizar y ahora se convierte como otras veces en palacio blanco para los príncipes de la carretera. Tomás, de un brinco, pone pie en tierra y sin más entra como un rayo en aquel destartalado aposento y con voz del alma, honda, flamenca, casi infantil, como si entonase un canto triunfal, toma posesión del palacio:

“¡Hay un gitano, gitano,

que va por el mundo entero

cantándote soberano

con el sombrero en la mano

como alegre pregonero!” 

Empieza la acampada. Cada cual a lo suyo: hay que montar el alojamiento, manear el ganado y llevarlo a pastar, buscar leña, encender el fuego y aliñar la cena… La niña pequeña a cuidar del churumbel con juegos de risa y balbuceos flamencos; la moza y la madre a preparar los lechos con el trashumante ajuar de las colchonetas y las mantas, mientras las otras niñas hacen acopio de leña con los troncos de zarzas de las paredes de los cercados, retamas y ramas secas de los carrascos del monte; Tomás con su padre, al ganado.

(Continuará)




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