PRIMAVERAL
Un día claro de abril al atardecer lleno de azul, de verde, de rojo, de amarillo. Flores blancas, violetas, gualdas y un poema de carne en vuestro abrazo. Diálogo de silencios y canciones en fuga de golondrinas. A ella se le ha contagiado el arrebol y a ti, el fuego amoroso del sol de primavera. Miráis la llanura y os parece más larga que nunca; miráis las lejanas cumbres cubiertas aún de nieve. Hay un escalofrío gozoso.
Cuando la noche os arropa, vuestros besos se hacen solemnes y misteriosos. Huele a heno mojado y la brisa arrastra monorrimos en negro y oraciones del pinar. El amor se hace salmo y, a lo lejos, se pierde la dulce romanza de una flauta invisible.
Entre sábanas blancas el amor se duerme y sueña auroras rosadas, verdes espigas, promesas nuevas… Y yo también sueño en vosotros
ESTIVAL
Sol, mieses, polvo… Todo es fuego. La llanura es cruel para ti, auque te dé la vida al ofrecerte el pan. Chicharras en los árboles y zumbar de oídos. El vaho ardiente de la tierra marea con su elevarse inquieto e invisible. Los segadores se inclinan y, como las mieses, adoran a Dios.
El calor te sofoca y tu rostro se ensucia de polvo y sudor. Te cansas, suspiras y… adelante. Piensas: una, dos, tres, cuatro sonrisas blancas y un beso rojo. Hay un nido con pájaros volantones en la encina junto al sendero. Y echas a correr.
¡Corre!… ¡Que te esperan cuatro sonrisas…! ¡Corre!… ¡Que te espera un beso rojo! ¡Corre a llevar tu ofrenda a las sonrisas, a los besos íntimos, a las promesas de fuego a las dulces caricias…!
Esta noche, como las otras, habrá miles de estrellas y un arrullo de sueños y sonrisas dormidas; un beso desnudo y una canción ardiente.
OTOÑAL
- ¿Qué haces –te pregunto- mirando las sierras azules?
Y me miras con ojos de nostalgia y de miedo. Y yo te comprendo: observas las nieves primeras posadas en sus cumbres y mensajeras del cercano invierno; añoras tu vida pasada y temes el frío de la nada.
- No temas –te digo-; no retornarás a la nada; se te hizo para ser siempre; quien te creó lo hizo para que fueras siempre… Vivirás en tus hijos, en tus obras, en tu ser inmortal hecho para sumergirse en la divinidad. Tú has seguido el camino, la ruta que él te señaló. ¿Por qué, pues, te angustias? Anda, vamos a disfrutar juntos el oro de la vida. Porque ahora todo es oro: tú, los árboles, la luz, el riachuelo que salta ahí abajo…
Me sonríes; pones tu mano en mi hombro y marchamos. A nuestros pies los viejos álamos han tendido alfombras de hojas doradas y ahora trenzan sus ramas para cubrirnos, como a los héroes, con ojivas que apuntan al cielo.
Y los álamos dejan caer más hojas, más hojas, lluvia de oro, como si entendieran.
INVERNAL
Hay un anciano de barba blanca, las piernas arropadas con una manta suave, pensativo, junto al fuego de la chimenea. En sus manos sostiene un manuscrito que acaba de releer. Se ha quitado los lentes y ha puesto su mirada en el vacío. Su respiración lenta y sonora pone contrapuntos al chisporroteo de algunos leños que arden en la chimenea y al gemido del viento. Fuera está nevando intensamente; a la tenue luz que se escapa por la ventana los volubles copos semejan nebulosas que cayeran vertiginosas sobre la tierra. Los cristales se empañan por dentro y pronto se cubren de una frágil celosía de helados encajes.
- Para ti, posteridad –murmura el anciano haciendo el gesto de entregar el manuscrito a alguien-; para ti dejo estos recuerdos. Es lo que permanecerá de mi propia intimidad, cuando haya traspasado la frontera de lo infinito. Aquí, en estos torpes renglones dejo todo lo que no viajará conmigo al otro lado; en ellos viviré tal vez por siempre en este lado, aunque solo sea entre los trastos viejos de un desván. Entretanto yo soñaré eternamente inundado en la Luz.
Silencio casi sagrado. El abuelo ha entornado los ojos para siempre y su cabeza ha quedado suavemente inclinada sobre su pecho…
Ha cesado el viento y la nieve cae ahora silenciosa, suave; los leños del hogar apenas arden y una sombra de cenizas los va lentamente cubriendo. Yo, invisible, intangible, recojo el manuscrito, que está caído en el suelo, y me lo llevo para que una parte de su alma se quede con nosotros. En mi interior oigo una voz sin palabras, que no comprendo, y me aprisiona un vértigo de eternidad misteriosa.
- ¿Quién podrá enseñarme –me pregunto- el lenguaje de lo infinito?
Y me alejo lleno de morriña, no sé si de vida o de eternidad.
M. García de Araoz

“…Y si es la vida sueño, déjame soñarla inacabable”
(Miguel de Unamuno)